A todos, Namaste!

 Ven. Bhikkhu Bôdhi é um dos mais respeitados e conceituados monges Theravada da atualidade. Ordenado no Sri Lanka e, há muitos anos morando em seu país de origem – os Estados Unidos – ele é uma autoridade em Buddhismo e respeitado por todas as Tradições.
O texto abaixo é para todos os que seguem o Buddhismo, “admiram” o Buddhismo, “gostam” do Buddhismo etc. mas não conseguem abrir mão da “cervejinha”, do “choppinho”, “só daquele calicezinho de vinho” e tantos outros “álcoolzinhos” que, na mente das pessoas, podem conviver perfeitamente com o Ensinamento claro e superior do Buddha.
Peço, encarecidamente, que, embora o texto seja em Español (traduzi algumas palavras menos parecidas com nosso idioma, para facilitar) o leiam ATÉ O FIM. Talvez, se o texto os fizer mudar de opinião, menos acidentes nas estradas, menos sofrimento e inquietação ajudem nosso país a se tornar um lugar melhor para todos nós! Tomara!!!
Meus agradecimentos a “Corazon Theravada” pelo compartilhamento do texto! Fiquem todos em Paz e protegidos!

Una disciplina de la sobriedad
Por Bhikkhu Bodhi

Hace varios meses fui a un retiro de dos semanas a una ermita (hermitário) muy respetada por la vida austera y meditativa de sus monjes.

Todos los días un grupo diferente de dayakas (donantes – doadores) viene al monasterio para ofrecer la comida de las limosnas (esmolas), a menudo (à miúde) de ciudades y pueblos remotos. Llegan la noche anterior, preparan temprano un desayuno (desjejum_ el cual envían al refractorio, y luego, durante la mañana, ofrecen limosnas (esmolas) directamente a los monjes cuando bajan para la ronda de limosnas. Luego de que los monjes han recolectado su comida y regresan, un [monje] anciano (ancião) se queda rezagado para Refugios y Preceptos, predicar un sermón corto y dirigir la dedicación de méritos.

Un día durante mi retiro noté que algunos de los hombres dayakas se comportaban de manera extraña cerca (perto) del cuarto del abad (Abade). Le pregunté a mi amigo, un monje alemán, sobre su extraño comportamiento, y la explicación que me dio (deu) sacudió mi mente. “Estaban borrachos (bêbados)”, me dijo. Pero no era todo. Continuó: “Lo único inusual sobre el incidente de ayer  (ontem) era que los hombres se habían emborrachado (embriagado) temprano (cedo). Por lo general (em geral) se comportan de la mejor manera hasta que terminan las formalidades, entonces rompen las botellas” (abrem as garrafas).

Esta cruda revelación me produjo tanto indignación como tristeza. Indignación, de pensar que personas que se consideran budistas desafiaran los preceptos aún (ainda) más básicos incluso en los recintos sagrados de un monasterio −de hecho, uno de los pocos en Sri Lanka donde la llama (chama) del arduo esfuerzo aún sigue ardiendo. Tristeza, porque esta es tan sólo la última evidencia que había visto de qué tan profundamente la enfermedad del alcoholismo se ha comido las entrañas de esta nación, cuyo patrimonio budista se remonta a más de dos mil años. Sin embargo, Sri Lanka está lejos de ser sólo un país budista envuelto en la onda expansiva del consumo de alcohol. La onda ha arrasado desde hace mucho el mundo budista, con Tailandia y Japón encabezando la lista de víctimas letales.

Las razones de esta inquietante tendencia varían ampliamente. Uno es el aumento de la riqueza, por la que los ricos hacen del licor (importado de alta calidad) un símbolo visible de la riqueza y el poder recién adquiridos. Otra es la floreciente clase media, que ciegamente imita las convenciones sociales de Occidente. Incluso otra es la pobreza, que convierte la botella en una ruta de escape fácil de la sombría cara de realidad cotidiana. Pero sin importar la razón, el alcohol está disolviendo mucho más que nuestros problemas y preocupaciones. Está carcomiendo el delicado tejido (tecido) de valores budistas en todos los niveles -personal, familiar y social.

Para sus seguidores laicos el Buddha ha prescrito cinco preceptos como moral de mínimo cumplimiento: abstenerse de matar, de robar, de conducta sexual inapropiada, lenguaje falso y el uso de intoxicantes. Él no estableció estos preceptos arbitrariamente o para cumplir con costumbres antiguas, sino porque entendía, con su conocimiento omnisciente, qué líneas de comportamiento conducen al a nuestro bienestar y felicidad, y cuáles al dolor y al sufrimiento. El quinto precepto, cabe destacar, no es más que el compromiso de abstenerse de la intoxicación O EL CONSUMO EXCESIVO DE BEBIDAS ALCOHÓLICAS. Se pide nada menos que la abstinencia TOTAL. Mediante esta regla el Buddha demuestra haber comprendido bien la naturaleza sutil y perniciosa de la adicción. El alcoholismo rara vez cobra sus víctimas repentinamente. Por lo general se arraiga gradualmente, empezando quizá con el rompehielos social, la bebida entre amigos, o el coctel después de un día duro de trabajo. Pero no se detiene ahí: poco a poco hunde sus garras en los corazones de sus víctimas hasta que son reducidos a presas indefensas.

Para disipar cualquier duda en cuanto a sus razones para la prescripción de este precepto, el Buddha ha escrito la explicación en la propia regla: una es que se abstengan del uso de bebidas y drogas intoxicantes puesto que son la causa de la negligencia (pamada). Negligencia significa descuido moral y pasar por alto los límites entre el bien y el mal. Es la pérdida de la atención (appamada), la escrupulosidad moral basada en una percepción aguda de los peligros de los estados no-hábiles. La atención es la clave del sendero budista, “el camino hacia la Inmortalidad”, el cual corre a través de las tres etapas del sendero: moralidad, concentración y sabiduría. Ser indulgente en las bebidas embriagantes es arriesgarse a alejarse en cada etapa. El uso de alcohol embota el sentido de la vergüenza y el miedo moral y, por lo tanto, conduce casi inevitablemente a un incumplimiento de los otros preceptos. Un adicto a las bebidas alcohólicas dudará poco en mentir o robar, perder todo sentido de decencia sexual e incluso será fácilmente provocado a cometer asesinato. Las estadísticas confirman claramente la estrecha relación entre el consumo del alcohol y el crimen violento, por no hablar de los accidentes de tráfico, riesgos laborales y la falta de armonía en el hogar. El alcoholismo es en realidad una carta muy costosa sobre toda la sociedad.

Cuando el uso de estupefacientes corroe incluso el más básico de los escrúpulos morales, es muy poco lo que puede decirse sobre su influencia corrosiva en las dos etapas superiores del sendero. Una mente obsesionada por la bebida carece de la lucidez necesaria para el entrenamiento en la meditación y ciertamente no será capaz de distinguir finas entre las cualidades mentales buenas y malas que se necesitan para desarrollar la sabiduría. El sendero budista es en su totalidad una disciplina de la sobriedad, una disciplina que exige el coraje y la honestidad para tener una larga, asidua y sólida mirada a las aleccionadoras verdades sobre la existencia. Tal coraje y honestidad apenas será posible para quien tiene que escapar de la verdad en el brillante pero frágil mundo de fantasía abierto por la bebida y las drogas. Es muy posible que una persona madura, razonablemente bien equilibrada pueda disfrutar de unos tragos con amigos sin convertirse en un borracho o un asesino. Pero hay otro factor a considerar: a saber, que esta vida no es la única que llevamos. Nuestro flujo de conciencia no termina con la muerte sino que continúa en otras formas, y la forma que adopta está determinada por nuestros hábitos y acciones en esta vida. Las posibilidades de renacimiento son ilimitadas; sin embargo, el camino hacia los reinos inferiores es amplio y liso, [mientras que] el camino hacia arriba es empinado y estrecho. Si se nos ordenase caminar por un borde estrecho con vistas a un precipicio, seguramente no querríamos ponernos en riesgo disfrutando previamente de unos tragos. Debemos estar muy conscientes de que nada menos que nuestra vida está en juego. Si sólo tuviésemos ojos para ver, nos daríamos cuenta de que esta es una perfecta metáfora de la condición humana, tal como el mismo Buddha, Aquel con Visión, lo confirma (ver SN 56:42). Como seres humanos caminamos por un estrecho borde, y si nuestro sentido moral se embota podemos perder fácilmente el equilibrio y caer en la miseria, de la cual es muy difícil volver a surgir.

Pero no es sólo por nuestro propio bien, ni siquiera para el mayor beneficio de nuestra familia y amigos que deberíamos prestar atención al requerimiento del Buddha de abstenernos de los intoxicantes. Hacer esto también es parte de nuestra responsabilidad personal de preservar el Sasana del Buddha. La Enseñanza sólo puede sobrevivir mientras sus seguidores la preserven, y en la actualidad una de las corrupciones más insidiosas que devoran las entrañas del Budismo es la amplia difusión del hábito del consumo de alcohol entre sus mismos seguidores. Si en verdad queremos que el Dhamma perdure por mucho, mantener el camino a la liberación abierto a todo el mundo, entonces debemos permanecer atentos. Si la tendencia actual continúa y cada vez sucumben más budistas a la tentación de las bebidas embriagantes, podemos estar seguros de que la Enseñanza se perderá en todo menos de nombre. En este momento histórico cuando su mensaje se ha vuelto más urgente, el Dharma sagrado del Buddha estará irremediablemente perdido, ahogado por el tintineo de las copas y nuestros alegres brindis.

Bosque Theravada.